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Capítulo 204: ¿Me convertí en el último emperador de una nación caída?

Una longitud de cañón equivalente a dos tercios de la de los fusiles existentes.

Una capacidad de carga de entre 10 y 20 balas.

Y, para poner la cereza en el pastel, la incorporación de una función de fuego automático.

Estas eran las especificaciones que el Emperador de Austria exigía para el próximo fusil reglamentario del ejército imperial.

En la era moderna, estas condiciones no representarían una gran dificultad, pero a mediados del siglo XIX, eran requisitos que superaban con creces el concepto de "difícil" para rozar lo imposible.

Sin embargo, el problema no terminaba ahí.

—Los militares exigen un buen precio, una precisión adecuada, y que sea fácil de operar y mantener...

—Son unos ladrones descarados.

—¡Oiga! ¿Qué hará si alguien lo escucha?

—¿Qué diferencia hay entre ser arrastrado a la cárcel por lesa majestad o desplomarse por agotamiento tratando de llevar a cabo una tarea imposible?

De este modo, entre los diversos ingenieros del Arsenal de Viena solo reinaba una profunda desesperación.

Aun así, Holub se esforzó por cumplir con los requisitos del Emperador.

—El problema del cargador y del cañón se puede solucionar de alguna manera... pero qué hacer con la función de ráfaga...

Para el cargador, bastaba con utilizar los cargadores tubulares que ya existían en el mercado, y el cañón podía acortarse llegando a un compromiso razonable, pero el fuego automático era el verdadero dilema. Si se tratara de fuego rápido, podría haberse implementado de algún modo, pero el fuego automático era harina de otro costal.

¿Cuántas personas se habían esforzado por añadir una función de ráfaga desde que se inventaron las armas de fuego? Innumerables genios se habían lanzado a la tarea sin excepción, pero ninguno había logrado resultados significativos en el campo de las armas automáticas.

Y, sin embargo, el Emperador les ordenaba lograr lo imposible.

En el Imperio, la orden del Emperador es absoluta. Por lo tanto, debían crear algo que al menos se le pareciera.

—Arma automática... automática...

—No tengo ni idea de cómo empezar a fabricarla... ¿No habrá algo que sirva de referencia?

—Si existiera algo así, ya lo habríamos usado hace tiempo.

Sin siquiera un prototipo que sirviera de base, Holub, que literalmente tenía que levantarse desde el suelo con las manos vacías, comenzó a tocar esto y aquello. Estudió desde los fusiles de retrocarga que se usaban actualmente en Europa hasta los antiguos mosquetes de avancarga que marcaron un hito en la historia de las armas europeas, buscando obtener aunque fuera una pequeña pista.

Tras tres meses de observar fusiles como un loco, Holub llegó a una conclusión.

—La pólvora actual tiene demasiadas deficiencias en muchos sentidos para ser usada en armas automáticas.

Esa fue la conclusión tras desarmar innumerables fusiles. Con la pólvora negra que usaba principalmente el ejército en la actualidad, era imposible generar la fuerza suficiente para el fuego automático. Pero para fabricar una pólvora nueva, le faltaban los conocimientos necesarios.

Entonces, el único método restante era utilizar una estructura completamente nueva que nunca se hubiera intentado antes. Una estructura dedicada exclusivamente al fuego automático.

—Tampoco puede tener demasiadas piezas... eso complicaría la estructura del arma y aumentaría la probabilidad de fallos, así que es mejor dejar solo las piezas estrictamente necesarias.

Una vez que el desarrollo tomó cierto rumbo, las cosas fluyeron con suavidad. Holub sacó rápidamente un prototipo basándose en el fusil de aire comprimido Girandoni, que el ejército austriaco había usado anteriormente, y en el revólver Colt.

El prototipo de Holub, que combinaba las ventajas de ambos, tenía básicamente la forma de un revólver alargado hasta convertirse en fusil.

—Mmm... ¿así que este es el prototipo?

—Sí, así es.

Sin embargo, los militares que recibieron el prototipo de Holub mostraron una reacción indiferente.

—Tiene un aspecto peculiar.

—El método de carga también es muy extraño.

—No sé si los soldados ignorantes terminarán perdidos por no saber cómo cargarlo en medio de la batalla.

—La precisión también parece inferior a la del fusil Lorenz.

Los altos mandos militares reaccionaron de forma negativa al prototipo de Holub, principalmente por su apariencia inusual nunca antes vista y por algunos fallos críticos.

—Parece simplemente una pistola revólver que ha sido estirada.

—Si vemos a los soldados marchando con esto, los enemigos estarán demasiado ocupados riéndose como para tenernos miedo.

—Incluso dejando de lado esos problemas menores... ¿no creen que el hecho de que el humo de la pólvora escape hacia la cara del tirador al disparar es un defecto fatal?

Al final, el prototipo de Holub fue objeto de todo tipo de críticas en su primera demostración ante la cúpula militar y terminó destinado al desecho.

Viendo cómo su ambicioso prototipo era arrojado a la basura de un solo golpe, Holub sintió que toda su existencia era negada y tuvo que calmar la rabia que hervía en su pecho. De lo contrario, sentía que se volvería loco.

—¡Bienvenido!

—¡Tabernero, una copa de lo más fuerte que tengas!

—Sí, sí... veamos dónde tengo una copa limpia...

Holub bebió una copa tras otra de alcohol fuerte. A pesar de ello, la llama que ardía en su pecho no se extinguía. Al contrario, era como si le hubieran echado gasolina a una casa en llamas.

Mientras Holub vertía alcohol en su incendio interno, en la taberna se hablaban temas un tanto delicados.

—¿Te has enterado de la noticia?

—¿Qué noticia?

—Pues resulta que Su Majestad el Emperador le ha entregado tierras de Prusia a esos polacos en esta guerra.

—Así parece.

Al oír que el Emperador había cedido parte del territorio del Reino de Prusia a Polonia, la reacción de los ciudadanos se dividió principalmente en dos.

—¿Y esa es toda tu reacción?

—¿Por qué debería ser otra?

—¡Oye, dicen que Su Majestad le entregó nuestro territorio nacional a esos polacos, ¿y ni siquiera te enojas?!

—Bueno... de todos modos no es nuestra tierra, ¿qué más da?

—¡Pero hombre! ¿Cómo que no es nuestra tierra? Estamos unidos en la Confederación Germánica...

—¿Unidos...? De todos modos, esos prusianos son nuestros enemigos, ¿no? ¡Mi bisabuelo murió a manos de ellos y mi padre también tuvo una muerte trágica!

Aquellos que estaban inmersos en el naciente nacionalismo germánico se indignaron profundamente por la entrega de los dominios legítimos de los alemanes a Polonia. Desde su punto de vista, Polonia era menos un aliado y más un mosquito que succionaba el poder nacional de la Confederación Germánica.

Sin embargo, la gran mayoría de los ciudadanos no alemanes reaccionaron con indiferencia al oír que los territorios orientales de Prusia pasaban a Polonia. Eran personas que no tenían ninguna relación con ese lugar o...

—¡¿Acaso estás del lado de esos estúpidos polacos?! ¡Ellos mataron a nuestra gente sin piedad!

—¿Cuándo dije yo que estaba de su lado? Solo dije que no tengo ninguna relación con esa tierra.

—¡Es lo mismo!

Porque apoyaban la decisión del Emperador.

—¿Qué? ¿Estúpidos polacos?

—Hablas de una forma que ofende a los polacos que te escuchan.

—¡Ja! ¿Acaso dije algo que no fuera cierto? Tu calaña es cruel por naturaleza, se dedicaron a matar a mi gente en esta guerra.

—¡Eso fue porque los prusianos invadieron primero y mataron gente, solo les devolvimos el golpe con la misma moneda!

Unos polacos, ofendidos por la charla política de alguien, intervinieron y comenzó la disputa. Y como cualquier persona de esta época donde los puños van antes que las palabras, la pequeña discusión pronto se convirtió en una pelea campal en toda la taberna.

A pesar de que los muebles se rompían y trozos de dientes amarillos como el maíz volaban por el aire, a Holub, que bebía en silencio en un rincón, aquello no le importaba en absoluto. Como el bar se había vuelto un caos y ya no tenía humor para seguir bebiendo, dejó algo de dinero sobre la mesa, tomó la botella y salió a la calle.

El viento frío entró por su nariz punzando profundamente sus pulmones y refrescando sus entrañas, pero su ánimo no mejoraba.

—Maldita sea... ¡¿Qué sabrán ellos de armas?!

Así, expulsado a la calle en pleno invierno con solo una botella en la mano, Holub se limitó a sorber el alcohol.

—Tipos que solo saben mirar mapas y dar órdenes, ¿con qué derecho evalúan un fusil...?

Los transeúntes, al ver a Holub balbuceando borracho, se apartaban en silencio o fingían no verlo. Excepto una persona.

—El joven está muy ebrio.

Un húngaro de expresión firme, que no encajaba con su línea de cabello cada vez más entrada, le dirigió la palabra.

—¿Qué le importa a usted si bebo en la calle o si me orino en ella?

—Si el lugar donde estás sentado es el umbral de mi casa, no me queda más remedio que intervenir.

—¿Eh...?

Ante las palabras del hombre, Holub levantó la vista y comprobó el edificio que tenía a sus espaldas. Entonces vio a una mujer joven mirándolo con un niño en brazos y una casa considerablemente grande.

—Ah... he cometido un error.

Al pensar que no solo había bloqueado la puerta de una casa ajena para beber de la botella, sino que también había estado gritando, Holub no pudo levantar la cara de la vergüenza.

El interlocutor observó a Holub de arriba abajo con una expresión divertida.

—Por tu apariencia, pareces alguien que trabaja en una fábrica... y viendo las marcas de quemaduras en tus manos, diría que eres del Arsenal o de una fundición.

—Ah, trabajo en el Arsenal de Viena.

—Ya veo. ¿Y por qué alguien que trabaja en el Arsenal de Viena está bebiendo de esa forma tan melancólica frente a una casa ajena?

En circunstancias normales, Holub se habría retirado discretamente ante la amabilidad de un caballero desconocido, pero como estaba deprimido y bajo los efectos del alcohol, terminó soltando toda su historia sin darse cuenta. Tras escuchar las palabras de Holub con expresión seria durante un buen rato, el caballero asintió.

—¿Entonces, si se resuelve el problema de la pólvora, podrías fabricar el nuevo arma reglamentaria con las especificaciones que desea Su Majestad?

—Bueno... no sería imposible.

—¡Bien! Entonces yo te ayudaré.

—¿Usted, señor...?

Holub lo miró con sospecha. ¿Quién creería que un desconocido, tras escuchar su historia por primera vez, se ofrecería a ayudarle así como así?

—Le agradezco el ofrecimiento, aunque solo sean palabras.

—Vaya, ¿acaso este hombre ha vivido siempre siendo engañado? Me da un poco de vergüenza decir esto de mi propia boca, pero si yo quiero hacer algo en Viena, no hay nada que sea imposible.

—Sí, claro.

Holub no creyó ni una palabra. Porque los charlatanes y estafadores que veía en las tabernas siempre decían lo mismo.

—Vaya, veo que no me crees.

—No, le creo, señor.

El hombre lo miró de arriba abajo con desaprobación y soltó un suspiro.

—Fuu... será mejor que nos veamos de nuevo cuando estés sobrio.

—Como usted diga, señor.

—Mañana enviaré a alguien al Arsenal, nos veremos entonces.

Con esas palabras, Holub se puso en pie y se marchó. Tras beber hasta perder el conocimiento, milagrosamente logró llegar a su casa y se desplomó en la cama.

Al día siguiente.

Con un dolor de cabeza punzante y un estómago revuelto y ardiente, Holub llegó al trabajo, donde se encontró con su capataz, inquieto como un perro con ganas de salir.

—Ah, no llego tarde...

—¡Pero Holub, hombre! ¡¿Qué demonios hiciste ayer?!

—¿Eh?

—¡Hace un momento vino alguien del Palacio Imperial y te nombró responsable del proyecto de la nueva arma reglamentaria del ejército imperial!

—¡¿Qué?!

Y entonces, el capataz le entregó una tarjeta de visita al atónito Holub.

—¡Y el famoso general húngaro, Artúr Görgei, dejó esta tarjeta diciendo que quería verte!

—¿G-Görgei Artúr...?

¿Por qué un hombre tan famoso lo buscaría a él? Por un momento, la mente de Holub se quedó en blanco. Tras recoger apresuradamente lo necesario, fue conducido por un asistente hacia la Universidad de Viena; al encontrarse con Görgei, vio que el caballero de la noche anterior estaba justo frente a él.

* * *

La guerra terminó, pero en el interior del Imperio empezaron a estallar nuevos problemas de índole totalmente distinta. Si tuviera que elegir el más candente...

—El rechazo de los ciudadanos es bastante fuerte.

[¿Acaso tú estarías feliz si te metieras en una guerra que no deseabas y terminaras beneficiando a otros?].

—¿Beneficiando a otros? Hemos obtenido una buena indemnización y el Reino de Sajonia pronto entrará en nuestro regazo.

Ante mis palabras, el viejo soltó una risa nasal.

[Tras haber derramado tanta sangre, ¿crees que los ciudadanos estarán satisfechos con solo Silesia y Sajonia? ¿Acaso has olvidado que le entregaste Italia a Francia?].

—Eso... lo recuperaremos más tarde.

[¿Peleando contra Francia? ¿Y qué planeas entregarles a cambio en ese entonces?].

—¡No les entregaré nada!

[Sí, seguro que sí].

El viejo rió en silencio y añadió:

[Podré equivocarme en otras cosas, pero esta política exterior tuya ha sido casi un fracaso total. Por estar pendiente de los pequeños estados de la Confederación Germánica, casi lo arruinas todo].

—Eso...

En eso el viejo tenía razón. Me dejé intimidar por el nombre de Bismarck y, por pura cobardía propia, actué de forma tan pasiva que no obtuve todo lo que podría haber conseguido.

—Uf... visto así, parece que actué sin pensar mucho.

[Eso es algo habitual en ti, así que no pasa nada].

—¿?

[Lo importante ahora es que Bismarck te utilizó para dar fuerza al bando pro-prusiano en la Confederación Germánica, que estaba casi moribundo antes de esta guerra].

Era tal como decía el viejo. Actualmente, la Confederación Germánica se había dividido drásticamente entre el norte de Alemania, que seguía a Prusia con Frankfurt como centro, y el sur de Alemania, que seguía a Austria. Baviera y los estados del sur seguían de nuestro lado porque, de hecho, estábamos unidos en un solo bloque económico, pero eso significaba que si ocurría un solo incidente grave más, podrían abandonarnos.

—Mmm... Me esforcé bastante por atraer a los pro-prusianos de la Confederación... y en un segundo se derrumbó la torre que tanto me costó construir.

[¿Esforzarte? ¿No fuiste simplemente a amenazarlos con la fuerza o a darles un par de golpes para obligarlos a unirse a nuestro bando?].

—Eso es lo que yo llamo persuadir.

El viejo soltó un profundo suspiro.

[Bien, de todos modos los señores del norte de Alemania siempre estuvieron un poco alejados de nuestra Austria, así que se entiende... pero hay que actuar rápido con el desasosiego del sur; si cometemos un error, nos abandonarán para unirse a Francia].

—Ah, no se preocupe por eso.

Ya he tomado medidas al respecto.

—Francia no podrá moverse.

1.8
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