Luego de una charla con la gente de Manhuako, decidimos fusionarnos. Esto significa que dejaremos la pagina y comenzaremos a subir todo el contenido en:
- Manhuako.net
- IkigaiMangas
- MhScans
- Y proximamente 2 sitios mas
Para cualquier consulta o mas informacion, envia un mensaje por Discord.
¿Me convertí en el último emperador de una nación caída? Capítulo 153
Al amanecer del día siguiente a la batalla, una noticia funesta llegó al campamento del ejército prusiano.
—¡In-informe! Una fuerza masiva del Ejército Imperial ha llegado a las afueras de Varsovia. —¿Masiva? ¿De qué números estamos hablando? —Estimamos que... son aproximadamente entre 30,000 y 40,000 hombres. —¿30,000 o 40,000?
Al escuchar la cifra, el teniente general Wilhelm chasqueó la lengua.
—¿Esos austriacos movilizaron a tantos hombres tan rápido? ¡Es increíble! —Pero si ha sucedido ante nuestros ojos, se convierte en una realidad indiscutible.
Incluso un veterano cercano a los sesenta años no podía evitar desconcertarse ante una situación que desafiaba el sentido común. Sin embargo, su jefe de Estado Mayor, Moltke, mantenía la sangre fría incluso en circunstancias tan extraordinarias.
—Vaya... Jefe de Estado Mayor, admiro tu temple, pero verte tan calmado en este momento me da escalofríos. —Lo lamento. —No, no lo digas así, parece que te estoy insultando. Solo estoy impresionado por tu frialdad... Hum, hum... En fin, debemos preparar una contramedida de inmediato. —Ya he esbozado algunas opciones. —¿Ya...? —preguntó Wilhelm con incredulidad—. Entonces, ¿me dejarías escucharlas? —Sí. Actualmente, nuestra respuesta puede dividirse en dos caminos.
Moltke señaló Varsovia en el mapa.
—Primero: lanzar una ofensiva final sobre Varsovia para capturar la ciudad, apresar al Rey polaco en el palacio y obtener una posición ventajosa en las negociaciones con Austria. —¿Incluso con el enemigo acercándose? —Sí. Dado que el Ejército Imperial ya está combatiendo en las afueras... tendríamos que tomar Varsovia, a más tardar, para esta noche.
Wilhelm sacudió la cabeza tras escuchar la explicación.
—¿Dices eso después de ver la resistencia de hoy? Es imposible. Incluso si logramos capturarla, las bajas serían tan altas que probablemente fallaríamos en defenderla después contra el relevo austriaco. —Pienso lo mismo.
Entonces, esta vez, Moltke señaló hacia atrás, hacia la ciudad de ?ód?.
—Segundo: levantar el asedio de Varsovia, retirar las tropas y librar una batalla decisiva contra el enemigo en ?ód?. —Eso suena aún más problemático.
Lo que sugería Moltke era equivalente a soltar al cachorro de tigre que ya tenían acorralado para enfrentar a la madre y al cachorro al mismo tiempo.
—Ni a Su Majestad ni al Parlamento les gustará esto... Si llega la noticia a la capital de que nos hemos retirado, podríamos ser destituidos.
Wilhelm mencionó incluso la destitución para probar la determinación de Moltke, pero la voluntad de este último era firme.
—Visto desde otro ángulo: si derrotamos al Ejército Imperial y al polaco de un solo golpe en ?ód? y luego retomamos Varsovia, usted, Excelencia, obtendrá una gloria eterna. —Fuu... realmente sabes cómo dejarme sin argumentos. —¿No es este el estilo de Prusia?
Vencer o perderlo todo. Ese es el estilo prusiano. El teniente general Wilhelm, de la familia Radziwill, era un oficial de una estirpe militar con solera.
—Cierto... ese es el estilo de Prusia.
La conclusión estaba tomada.
—¿Sería mejor que la 1.ª División cubra la retaguardia? —Ellos podrían despistar eficazmente al enemigo, pero si fuera yo, dejaría también la artillería pesada adscrita al cuerpo para operarla con mayor eficiencia. —En ese caso, será mejor que tú te encargues de este sector. —Si me lo confía, daré mi mejor esfuerzo. —Bien... te lo encargo.
Wilhelm sacó una pitillera y se la entregó a Moltke.
—Vas a necesitar esto. —... Gracias. —No hay de qué... Nos vemos en una semana en ?ód?. —Sí, Excelencia.
En cualquier época, el secuestro de personas era un crimen común. La mayoría de los casos entre individuos ocurrían por dinero o venganzas personales, agitando a pueblos o ciudades. Pero, ¿qué pasa cuando esto ocurre entre naciones?
El Reino de Cerdeña lo puso en práctica. Se llevaron al Papa, que mantenía una incómoda convivencia en la ciudad de Gaeta (dentro de la República Romana), hacia su capital, Turín. Por mucho que la autoridad papal hubiera caído por los suelos debido a incendios, exilios o papas títeres puestos por monarcas seculares, esto seguía siendo un evento impactante. Era algo más propio de la Edad Media ocurriendo en pleno siglo XIX.
Naturalmente, Austria, que se autoproclamaba protectora del catolicismo, no se quedó de brazos cruzados.
—¡...Por lo tanto! Esto es una provocación grave contra nuestro Imperio, y la postura de Su Majestad el Emperador es que no dudaremos en usar la fuerza si es necesario. —Ya veo. —... ¿Es esa toda su respuesta? —Sí, así es.
Cerdeña no había secuestrado al Papa sin pensar; por ello, mantuvieron una actitud descarada ante la presión austriaca.
—¡Acaban de secuestrar al líder del mundo católico! ¡¿Cómo pueden ser tan cínicos?! —Jajaja, ¿secuestro? Cerdeña simplemente ha protegido a Su Santidad, quien estaba siendo perseguido por la República Romana, ese estado títere del Imperio Austriaco. —¡¿Qué?!
La parte sarda insistía en que lo habían llevado a su territorio para "protegerlo".
—Debido a los eventos en Roma, Su Santidad no solo tuvo que abandonar la ciudad, sino que bajo la opresión de la República Romana no estaba recibiendo el trato adecuado. —¡Qué tontería! ¡Ustedes se llevaron a Su Santidad de Gaeta por la fuerza de las armas! —Fuu... Ya se lo hemos dicho varias veces: actuamos para protegerlo.
Incluso llegaron a culpar a Austria.
—De hecho, si lo piensa bien, ¿no debería haber sido el Emperador de Austria, el protector del catolicismo, el primero en actuar? —¿Q-qué? —Piénselo. La casa de Habsburgo se jacta de proteger a la Iglesia. Pero cuando las cosas se pusieron feas, ¿qué hicieron ustedes? —... Estábamos ocupados con asuntos internos y externos del Imperio, por eso...
El primer ministro del Reino de Cerdeña, Cavour, se burló de Gyula Andrássy, el enviado austriaco.
—Ah, claro... He oído que fue por las rebeliones en Viena y Hungría.
Pero Andrássy no se dejó pisotear.
—Más bien, el problema fue la invasión de cierto país que cruzó la frontera como si hubiera estado esperando a que surgieran disturbios internos. —¿Ah, sí? Jajaja. —Si mal no recuerdo, la invasión de ese país terminó en un fracaso estrepitoso, el rey fue obligado a abdicar y tuvieron que pagar una indemnización considerable.
Andrássy entornó los ojos con frialdad.
—Ahora que lo menciono, oí que el anterior rey de Cerdeña también cedió el trono al actual por "diversas circunstancias". —... Así fue. —Su Majestad el Emperador me pidió que le entregara este mensaje específicamente.
Andrássy hizo una reverencia educada.
—"No habrá una próxima vez". —... —Ese es el mensaje de Su Majestad. Esperamos que restituyan a Su Santidad a la brevedad.
A pesar de esta intensa presión diplomática, Cerdeña no soltó al Papa. Cavour podía permitirse esto por una sola razón: Francia, una potencia mayor que Austria, los respaldaba.
—Tsk... se han metido en un lío innecesario...
Por supuesto, en Francia no todos estaban contentos. Aunque no tanto como Austria, Francia tenía mucha influencia en Italia y, al ser un país católico, había mucha gente que seguía al Papa. Cuando se supo del "secuestro", surgieron facciones radicales que pedían invadir Cerdeña para rescatarlo. Sin embargo, Napoleón III no podía abandonar al Reino de Cerdeña.
—Fuu... me voy a volver loco... Arreglo un problema por un lado y me revientan otro por el otro... —Majestad, aun así no puede abandonar a Cerdeña. Si lo hace, Italia caerá completamente bajo las garras de Austria. —Lo sé... ¡por eso estoy tan furioso!
Napoleón III estaba indignado con Cerdeña por actuar tan audazmente sabiendo que él no podría abandonarlos. Y lo que más le molestaba era que, en efecto, no podía soltarlos, además de tener que andar con pies de plomo ante los británicos, quienes habían provocado la caída de su tío.
—¿Qué dice el Reino Unido? —Las elecciones han terminado, pero parece que todavía hay mucho debate interno. —¿Y bien...? ¿Crees que intervendrán esta vez? —¿En qué frente se refiere? —En ambos.
Napoleón preguntaba si el Reino Unido intervendría en los asuntos de Alemania e Italia. La respuesta fue un NO.
—En la guerra alemana, mientras Rusia no intervenga, el Reino Unido se mantendrá al margen. Y en cuanto a Italia, para empezar, no tienen interés, así que no habrá movimientos significativos. —Ya veo... conque así están las cosas...
La mente de Napoleón trabajó rápido. ¿Qué beneficio podría obtener Francia de este secuestro papal? Aunque el Papa careciera de poder político real, su autoridad y dignidad seguían intactas. Francia, históricamente, había sido la protectora de los Estados Pontificios, por lo que tenía el pretexto perfecto para intervenir. Además, Austria estaba en guerra con Prusia y no podía enviar muchas fuerzas a Italia. En resumen: el destino parecía estar alineándose a favor de Italia. Esa fue la conclusión de Napoleón.
—¿Es esta la oportunidad para desplazar a Austria...?
Napoleón dio órdenes cautelosas al ejército.
—Me rompe el corazón ver a Su Santidad vagando expulsado por los alborotadores de Italia... ¿No debería el valiente ejército francés recuperar las tierras de Su Santidad? —... Prepararemos todo.
La pequeña piedra lanzada por Cerdeña llegó a Francia y puso en movimiento al pesado Napoleón III. Francia declaró de inmediato su apoyo a Cerdeña y la ruptura diplomática con la República Romana, comenzando los preparativos de guerra. La noticia voló directo a Roma.
—¿Francia ha declarado la movilización...? —¡A-así es! —Jajaja... ¿Y qué hay de Austria? —Bueno... Austria dice que ahora mismo están concentrados en el asunto de Polonia y no tienen capacidad para ayudarnos de inmediato... Dicen que necesitarían al menos un mes para terminar la movilización adicional...
Giuseppe Mazzini, triunviro de la República Romana, cerró los ojos con fuerza y se frotó la frente, desplomándose en su asiento ante las noticias desesperanzadoras.
—Ugh... ¿cómo es posible? ¿Cómo puede estar pasando esto? —Excelencia, no se preocupe tanto... ¡Austria encontrará la forma de salvar a la República! —Es cierto. El Emperador de Austria es amistoso con nosotros, no nos abandonará...
Lo que hacía sentir a Mazzini más miserable era que, en medio de esta crisis, no había ni una sola persona que propusiera cómo resolver la situación por su cuenta; el gobierno estaba lleno de idiotas que solo sabían clamar por Austria.
"¡Pedazos de lerdos! ¿Creen que el Emperador de Austria dejará que Viena arda por salvar a Roma?"
Mazzini estaba sumido en la desesperanza. Al principio, cuando expulsaron al Papa y fundaron la República, todo parecía un futuro brillante. Pero ahora, ¿qué eran? La República se había convertido en el perro de Austria. Comieron las sobras que les daban y ahora eran unos inútiles que solo sabían chuparse el dedo mirando al Emperador austriaco.
"¿Qué debo hacer...?"
La economía ya dependía de Austria, y el ejército estaba compuesto por soldados entrenados al estilo austriaco que luchaban con armas austriacas. En esta situación, si Austria los abandonaba, ¿cuánto podría durar la República Romana?
"Es más, ¿quién querría siquiera pelear?"
Al hacerse esa pregunta, un solo nombre cruzó su mente. Garibaldi. Si fuera él...
Mazzini se levantó con esfuerzo y lo buscó.
—... ¿Dónde está Garibaldi? —El general Garibaldi... —Si mal no recuerdo, pidió vacaciones hace poco y se dirigió a Nápoles. —¡Tráiganlo de inmediato!