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Capítulo 19

Rayleigh, malinterpretando aquella expresión, añadió con presteza:

—Por supuesto, entiendo perfectamente que quiera mostrar compasión. Pero, cuando es necesario, hay que ser firme y dar ejemplo...

—No, no. Parece que mi niña ha entendido mal.

—¿Eh?

—Por supuesto que ya he dado las órdenes para que esa persona pague el precio correspondiente. ¿Cómo podría tener misericordia con alguien que se atrevió a intentar dañarte?

—Ah...

—No te preocupes. Incluso si mi niña no hubiera dicho nada, mi intención era castigarla con severidad.

—Lo siento. Me preocupé de forma innecesaria.

Rayleigh mostró un gesto de turbación mientras jugueteaba nerviosa con sus pequeños dedos. Walter le dedicó una sonrisa radiante a su nuera.

—En absoluto, es lo más natural.

—Sí. Y...

Rayleigh vaciló un instante antes de abordar el tema que más le inquietaba.

—¿Se llevará a cabo el castigo para la casa del Vizconde Vitenze según lo planeado?

—Así es. Eso tampoco presenta inconvenientes. Mi niña ya se ha convertido en alguien que no posee vínculo alguno con el vizcondado de Vitenze.

Aunque el instigador era otro, fue el Vizconde Vitenze quien envió directamente a la nodriza Margaret, por lo que no podían eludir las consecuencias. No solo recibirían una sanción ejemplar, sino que se verían obligados a pagar una indemnización masiva. Después de aquello, sería difícil que la familia lograra siquiera mantenerse en pie.

—Por supuesto, también es un hecho que mi niña recibirá la protección de nuestra familia de ahora en adelante. Así que no tienes de qué preocuparte.

—Sí.

—¿Por casualidad... te gustaría ver a tu familia una última vez?

La pregunta de Walter fue cautelosa y suave. Incluso aquella consideración representaba el polo opuesto al carácter de sus padres. Hubo un tiempo en que Rayleigh también anheló afecto o reconocimiento de su parte. Pensó que, al ser los seres que la trajeron al mundo, debía obedecerlos y respetarlos por derecho; incluso llegó a soñar con el día en que su hermano mayor la cuidara con ternura. Pero ahora comprendía que ellos estaban equivocados.

‘La extraña no es usted... sino sus padres.’

‘Un hijo no puede elegir a sus padres. Entonces, ¿no sería justo que, al menos... se le otorgara al hijo el derecho de deshacerse de la basura que es incapaz de actuar como tales?’

Aquellas palabras que Serge le dirigió le otorgaron claridad y determinación. Por supuesto, al ser humana, no podía eliminar sus sentimientos por completo y existía el temor de que, si los veía de nuevo, su voluntad flaqueara.

—No. No quiero verlos... ni tengo intención de encontrarlos en el futuro.

Deseaba seguir viviendo así, como si fueran extraños para siempre, sin recibir noticias de su familia. Incluso si en el futuro terminaran vagando como mendigos en condiciones peores que las de los plebeyos, no sería asunto suyo.

—Entiendo. Respetaré el deseo de mi niña.

—Gracias.

—No es algo por lo que debas agradecer.

Walter se levantó de su asiento y acarició el cabello de Rayleigh.

—¡En fin, desecha todos los malos recuerdos que guardes! Hablemos de cosas alegres.

—Si se refiere a cosas alegres...

—Te lo mencioné antes. Es temporada social y debemos ir a la capital. Por supuesto, mi niña también vendrá con nosotros.

—Ah...

—¡Antes de partir, tendré que comprar montones de vestidos y accesorios para que los luzcas en la capital! Para empezar, mandaremos confeccionar un vestido rosa sin falta. A mi niña debe de quedarle muy bien el rosa...

—Padre.

Una voz severa resonó, interrumpiendo a Walter, quien se encontraba entusiasmado con la idea de engalanar a su nuera.

—Antes que eso... hay algo prioritario.

—¿Algo prioritario?

—Me refiero a la guardia de la sombra para la señorita Rayleigh.

—Mmm. Sí, por supuesto que lo tengo presente. Sin embargo, para proteger a la niña de cerca lo ideal sería una mujer, y todavía no hallo en mi lista de candidatos a alguien con una habilidad que me satisfaga y que sea digna de confianza...

—Aun así, siga buscando.

—Está bien, no te preocupes —Walter carraspeó y se dirigió de nuevo a Rayleigh—. La seguridad de mi niña me importa más que nada. ¡Pero eso no quita que la ropa que usarás no sea importante!

—Pero yo ya he recibido muchísima ropa...

—¡Eso fue solo una provisión de emergencia antes de realizar un pedido formal a una boutique de renombre! Las prendas magníficas que te sientan bien se confeccionarán a partir de ahora. Mmm, ¿qué tal unos veinte vestidos para este viaje a la capital?

—¡¿No es excesiva esa cantidad?!

Rayleigh se sintió abrumada por la generosidad material de su suegro, pero al mismo tiempo experimentó una emoción indescriptible ante el afecto, algo torpe pero sincero, que percibía en sus gestos.

‘Tengo que recompensarlos de alguna manera.’

Aunque la casa ducal había obtenido beneficios con este incidente, aquello no era más que una compensación por el daño que el vizcondado de Vitenze estuvo a punto de causar. Además, si se analizaba con detenimiento, todo se había convertido en un medio para lograr el objetivo personal de Rayleigh: cortar lazos con su familia.

‘¡Aprovecharé este viaje a la capital para encontrarme con un informante!’

Poseía el conocimiento de la obra original, pero este era incompleto. Por lo tanto, planeaba reunirse con un informante para complementar las partes que le faltaban.

‘Haré todo lo que esté a mi alcance para que los integrantes de la casa ducal puedan evitar, en la medida de lo posible, los eventos desafortunados.’

Sin advertirlo, su determinación inicial de huir de la casa del Duque Elestein comenzó a desvanecerse poco a poco, aunque ella todavía no lo notaba.

***

—¡Incompetentes!

Una mujer de unos treinta años y rasgos afilados lanzó una taza de té con violencia. Sin poder esquivar los insultos ni el ataque que volaban hacia él, el subordinado agachó la cabeza y suplicó.

—¡Lo siento mucho, Excelencia Marquesa Malburn!

—Aunque te disculpes mil veces, ¿acaso desaparece el error? ¿Se puede volver al pasado?

—...

—Maldita sea. Pensar que me vería frenada por un asunto como este...

La Marquesa Malburn rechinó los dientes y descargó su ira antes de ordenar a sus subordinados que abandonaran el despacho. Aparte de dar rienda suelta a su rabia, no había mucho más que pudiera hacer por el momento. No solo la casa de Elestein le había seguido el rastro, sino que todos los espías que intentó infiltrar secretamente habían sido bloqueados.

Además, como si fuera una burla, llegó una carta de la casa del Duque Elestein. Superficialmente no era más que contenido trivial, pero la Marquesa Malburn captó perfectamente las implicaciones que subyacían en el texto. Significaba: «Sé muy bien que es usted, así que cobraré el precio por ello».

Si no quería que el asunto saliera a la luz y se convirtiera en una disputa pública, debía someterse por voluntad propia. Solo así se conformarían con la caída del Vizconde Vitenze y el asunto quedaría en silencio. Para la Marquesa Malburn, aquello era un jaque mate. Si la verdad se revelaba, sufriría pérdidas mayores que un simple juicio, pues de inmediato las otras familias con las que había conspirado se pondrían a la defensiva. Para calmar las aguas, no solo tendría que ver cómo le arrebataban la mina de Rubí Núcleo, sino que tendría que pagar un precio todavía más alto. Y era muy probable que esta debilidad la lastrara durante mucho tiempo.

Recordó al Duque Elestein, quien con su risa boba parecía descuidado, pero siempre lograba irritarla. A pesar de parecer un estúpido, era un hombre que nunca actuaba como ella deseaba. El odio profundo que se instaló en su pecho desde que él rechazó su propuesta de matrimonio todavía no se había disipado. Con la única determinación de someter a ese hombre, ella triunfó en la disputa por la sucesión y se alzó con su puesto actual.

Algún día haría caer a Elestein y lo pondría bajo sus pies. Sin falta, vería cómo ese hombre se arrastraba ante ella. La Marquesa Malburn consolidó de nuevo esa promesa mientras torcía los labios en una mueca. Incluso si tenía que ceder en lo que era necesario, al menos debía desahogarse. En cuanto tocó la campana, una silueta surgió de las sombras en un instante.

—¿Qué medidas se están tomando con el Vizconde Vitenze?

—Parece que la declaración de quiebra de la familia es inminente. Están programados para ser llevados a juicio pronto, y parece que no habrá clemencia por parte de la familia imperial.

—Es de esperarse. No es una familia que posea el valor suficiente para que la corona les otorgue el perdón.

—El vizconde parece estar lleno de rencor. Aunque afirma que no existen pruebas, no es imposible que mencione el nombre de Su Excelencia e intente arrastrarla con él.

—Entonces hay que desviar la dirección de ese rencor hacia otro lado.

—¿Eso significa...?

—Antes de que sean entregados a la justicia imperial, asegúrate de interceptar a la familia del Vizconde Vitenze. Hazlo coincidir con el momento en que el Duque Elestein llegue a la capital para la subasta.

Ella mostró una sonrisa cargada de un veneno intenso.

—Para que pueda obtener, al menos, la oportunidad de castigar a la hija que arruinó su vida.

1.8
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