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Capítulo 11

¿Se habría sorprendido por el zorro negro que apareció de la nada? Margaret se sobresaltó y detuvo su magia de inmediato. Gracias a ello, el dolor que oprimía la cabeza de Rayleigh desapareció, permitiéndole recuperar la claridad para pensar.

‘¿Ese zorro es... el Duque Elestein?’

Un zorro negro adulto apareciendo en mitad del castillo ducal; por más que lo analizara, no podía ser otro que su suegro. Margaret, presa del pánico, gritó:

—¡¿Qué, qué es esto?! ¡¿Por qué hay una bestia como esta en medio del castillo del duque?!

—¡Grrr!

El zorro rugió hacia Margaret, furioso de que se atreviera a llamarlo bestia. Más que una simple amenaza, de su figura emanaba una presión aterradora. Ante tal ímpetu, Margaret cayó al suelo de repente.

—¡Que entre una bestia así... la seguridad! ¡¿Qué es lo que está pasando?!

Se quedó sentada, retrocediendo desesperadamente. Mientras el zorro se acercaba con lentitud, acortando la distancia, las pupilas de Margaret temblaban de puro miedo. Su vestido estaba terriblemente arrugado y el dobladillo de su falda, vuelto del revés, se manchaba de tierra, pero no parecía tener tiempo para preocuparse por su apariencia. Sus constantes sermones sobre mantener una compostura impecable en cualquier situación resultaban ahora ridículos.

Rayleigh cruzó la mirada momentáneamente con el zorro. Al principio, ella también se había asustado por la intimidación que el animal mostraba hacia Margaret y por el descontrol de la tribu Suin descrito en la obra original. Sin embargo, tan pronto como sus ojos se encontraron con esas amables pupilas doradas, lo comprendió.

‘Intervino porque el ambiente entre Margaret y yo no era bueno...’

Tragándose la emoción que la embargaba, Rayleigh levantó la cabeza con firmeza. No podía desperdiciar la oportunidad que su suegro le brindaba. Caminó hasta situarse al lado del zorro, acarició su lomo y miró desde arriba a la temblorosa Margaret.

—Debes cuidar tu comportamiento, Margaret. ¿Acaso planeas manchar el nombre de nuestra familia con una conducta tan deplorable en la casa del duque?

Al devolverle las mismas palabras que Margaret solía dedicarle a la menor oportunidad, las comisuras de los labios de la mujer temblaron ligeramente.

—¡¿Q-qué cree que está haciendo?! ¡¿No tiene miedo?! Si la muerde...

—Este zorro es un animal que la casa del duque protege con afecto. Solo se pone alerta ante aquellos que intentan dañar a los integrantes de la familia ducal.

—¡...!

—Como te comportaste de forma amenazante conmigo, que soy parte de esta casa, el zorro simplemente te ha correspondido. ¿Entiendes lo insolente que acabas de ser?

El rostro de Margaret pasó por varios colores. Pareció aliviarse al comprender que el zorro no la atacaría de inmediato, pero se veía herida por haber sufrido un insulto tan terrible.

—¡Aun así, no hay nada que la señorita pueda hacer!

Rayleigh guardó silencio.

—¡Ya lo verá! ¡Terminará pidiéndome perdón y arrepintiéndose!

Margaret se levantó con presteza, arregló toscamente su ropa desastrosa y huyó a toda prisa, deseando abandonar aquel lugar cuanto antes. Rayleigh observó su espalda con sentimientos encontrados. Hasta ahora, nunca se había enfrentado a su nodriza ni había ganado una discusión. Margaret, que siempre le había parecido una montaña inmensa e insuperable, se sintió insignificante por primera vez en su vida.

—Guf.

Rayleigh, sumida en una emoción indescriptible, volvió en sí ante el ladrido a su lado.

—Ah... Siento haber inventado cualquier cosa para mi conveniencia —se disculpó con el zorro.

Después de todo, lo que dijo sobre que el animal solo atacaba a quienes dañaban a la casa ducal fue una ocurrencia del momento.

—Guf, kii.

El zorro ladró en un tono bajo, como si no le importara. Era curioso; aunque se parecía a la forma de zorro de su hijo, los sonidos que emitía eran distintos.

—¿Por casualidad eres familia de Negrito? Se parecen mucho.

—Guf.

—No era un perrito, era un zorro.

—Rrr.

—Si eres su familia, por favor, dale mis saludos a Negrito.

El zorro movió la cola y empujó suavemente la cintura de Rayleigh con su hocico. Podría ser una confusión, pero aquello parecía una petición clara.

‘¿Me está pidiendo que lo acaricie?’

Sabiendo que el otro era un adulto, Rayleigh se sentía algo incómoda, pero aun así acarició con suavidad aquel pelaje de excelente calidad, como si tratara de consolarlo. Como si el gesto le resultara placentero, el zorro negro emitió un ronroneo en su garganta y cerró los ojos.

—Ahora que lo pienso, con todo el lío no pude darte las gracias. Gracias.

—Mmm.

El zorro, emitiendo un sonido que parecía decir que no había sido nada, giró con elegancia y se alejó de la mano de Rayleigh. Mantuvo una actitud digna, fingiendo que no había pedido caricias hacía apenas un momento.

‘Tal vez sea algo parecido al instinto de los Suin.’

Era posible que, inconscientemente, hubiera actuado con ternura y luego intentara recuperar la compostura. Al imaginar ese conflicto interno, Rayleigh no pudo evitar una sonrisa. Con el corazón cálido, agitó la mano hacia la espalda del zorro que se alejaba. Inmediatamente después, se dio unas palmaditas en las mejillas.

‘No te distraigas y piensa qué harás de ahora en adelante.’

Había tenido la suerte de recibir la ayuda del duque, pero aquello no era más que un respiro temporal. Aunque logró provocar a Margaret y descubrir las intenciones ocultas del vizcondado, persistía el problema de la magia de identidad desconocida que le causaba tanto dolor.

‘Lo más probable es que sea una herramienta mágica.’

Si ella volvía a utilizar esa magia, Rayleigh no estaba segura de poder resistir la tortura sin terminar doblegándose ante sus deseos. Así de intenso era el sufrimiento.

‘...¿Pero qué tal si utilizo esto a mi favor?’

Rayleigh miró fijamente en la dirección por la que Margaret había desaparecido, como si estuviera trazando el único camino para superar la situación en la que se encontraba acorralada.

Margaret rechinaba los dientes mientras se cambiaba la ropa sucia.

‘Sinceramente, pensé que no tendría que usar esta herramienta mágica de obediencia hasta más adelante. ¡Quién diría que esa mocosa se volvería tan insolente en tan poco tiempo!’

Originalmente, el plan debería haber sido muy sencillo: colocar herramientas mágicas capaces de interceptar conversaciones en áreas clave de la casa ducal a través de Rayleigh. Como Rayleigh siempre vivía intimidada y acataba cualquier orden, Margaret pensó que esta vez también ejecutaría las instrucciones sin protestar. Pero resultó que...

—Te faltan modales, Margaret.

—...¿Perdone?

—Ya no soy la señorita Rayleigh, sino la esposa del joven duque, Rayleigh Elestein.

—¡...!

—Compórtate con el respeto adecuado a mi posición.

La imagen de Rayleigh mirándola fijamente a los ojos y enfrentándola era tan diferente a todo lo visto anteriormente que incluso le provocó escalofríos. Por eso, en un arrebato, activó la herramienta mágica de obediencia. Tenía la intención de reservarla para un momento decisivo...

‘Cálmate, Margaret. Tienes que hacerlo bien por el futuro de mi hijo y el mío.’

Ella era una baronesa que poseía un título no hereditario. Su esposo había muerto, pero de momento recibía el trato de una noble, así que ella no tenía problemas. Sin embargo, su hijo era un caso distinto. Al no heredarse el título, estaba destinado a vivir como un plebeyo. Por esa razón, Margaret abandonó su orgullo y aceptó actuar como un peón de la casa del Marqués Malburn.

Haber entrado como nodriza en la casa del Vizconde Vitenze también fue una disposición del Marqués Malburn, quien no confiaba en sus propias facciones y quería conocerlo todo a fondo. El estúpido vizconde no tenía ni la menor idea, pero todo tipo de información y trapos sucios de su familia se filtraban al Marqués Malburn a través de ella.

Entonces, se presentó esta oportunidad. Inesperadamente, esa mocosa inútil a la que ella educaba terminó casándose con un Elestein. El Marqués Malburn, mientras presionaba a través del vizcondado para que Margaret se instalara en el castillo del Duque Elestein, le dio una orden clara: preparar el terreno para extraer información vital de la casa ducal manipulando a Rayleigh. Si tenía éxito, le otorgarían un pequeño territorio y un título de Barón que fuera heredable. Para Margaret, era una misión que debía cumplir a toda costa.

Tras arreglarse de nuevo, Margaret se mordió el labio. Ese zorro repugnante no entraría en el interior del edificio, así que, para presionar de forma efectiva a Rayleigh...

En ese momento, se escuchó una voz desde afuera anunciando una visita.

—Nodriza. La joven señora ha venido a buscarla.

—¡...!

Rayleigh había ido a buscarla por iniciativa propia. Aquella era la oportunidad perfecta. Parecía que, como el tiempo de activación de la herramienta mágica fue breve anteriormente, Rayleigh aún no había asimilado la gravedad de la situación. Esta vez, le causaría un dolor que no le dejaría más opción que obedecer, implantando en su cerebro un terror tal que jamás volviera a rebelarse.

Como un objeto utilizado principalmente con esclavos, la herramienta mágica de obediencia demostraría todo su poder. Aunque la esclavitud había sido abolida hacía mucho tiempo en el imperio, en el mundo clandestino todavía se usaban estas herramientas para torturar y oprimir. Normalmente, era difícil para una persona común causar dolor a otra solo con un objeto mágico, pero fue posible porque, antes de la boda y sin que Rayleigh lo supiera, se realizó un grabado en la herramienta utilizando su propia sangre como catalizador.

‘Te haré comprender claramente que tu situación no es distinta a la de una esclava.’

Margaret, con una sonrisa afilada, permitió que Rayleigh entrara en la habitación. Una vez estuvieron solas:

—A qué ha venido...

—¡Todo fue mi culpa!

—¡¿...?!

De repente, Rayleigh se aferró a Margaret y comenzó a disculparse.

1.8
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