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Capítulo 7
Ugh, los diálogos de ese tipo eran realmente insoportables. No entiendo qué le veía de divertido mi hermana a una novela con un protagonista así.
Observé de reojo a Baek Arin, quien fingía desesperadamente que no pasaba nada. En ese preciso momento, sonó la campana que anunciaba el inicio de la clase y el profesor de Ética, un hombre de avanzada calvicie, entró al salón. Casi de inmediato, la voz de Kang Min-jun volvió a retumbar desde el patio.
—Sal por las buenas, maldita sea, antes de que entre por la fuerza.
El profesor se aclaró la garganta y preguntó en voz baja, más para sí mismo que para los demás:
—¿Qué asuntos tiene un estudiante de la escuela comercial en nuestro instituto?
Los estudiantes no paraban de cuchichear. Sinceramente, aquello no era muy distinto a causar disturbios en propiedad ajena, así que supuse que el encargado de disciplina intervendría pronto. Sin embargo, ¿sería por el curso de la historia original? Por alguna razón, aquel prefecto que solía ser el primero en aparecer en estas situaciones no daba señales de vida.
A este paso, el incidente no terminaría nunca, y por lo que veía, Arin no tenía la más mínima intención de dar la cara. Pero, ¿qué demonios había hecho ella para que Kang Min-jun estuviera tan furioso? No comprendía por qué llegaba a tales extremos solo por el hecho de que alguien fingiera ser su novia.
Fue entonces cuando alcancé a oír a Arin susurrando con Park Yu-na.
—¡Todo esto es porque ayer te excediste y besaste a Kang Min-jun! —reprochó Arin.
—¡¿Y qué querías que hiciera?! ¡Ese tipo no me creía! ¡Y para ser exactos, no fue un beso, fue solo un roce! —replicó Yu-na.
Solo entonces comprendí la situación real. Según recordaba, Kang Min-jun padece de fobia a las mujeres. En ese contexto, era natural que estallara en cólera si una desconocida le plantaba un beso de improvisto.
Vaya, esto de ser espectador es bastante entretenido.
Para que la trama avanzara con rapidez y, de paso, para vengarme por el ataque de ayer, levanté la mano en silencio y delaté a mi hermana ante el profesor.
—Profesor, dicen que Baek Arin es quien ha causado este problema.
El docente se ajustó las gafas y sentenció:
—Hay un viejo dicho que reza que el que hace el nudo debe desatarlo. Sal ahora mismo y dile a ese estudiante que se retire.
Arin me lanzó una mirada cargada de odio antes de suplicarle al profesor con voz quejumbrosa:
—¿No podría decírselo usted, profesor?
Él evitó su mirada con determinación y respondió con frialdad:
—Yo tengo una clase que impartir.
Al verse acorralada, Arin decidió que no caería sola. Señaló a su amiga, que fingía no saber nada, y gritó:
—¡Park Yu-na también estuvo involucrada! ¿No debería venir ella también?
—Que así sea —concedió el profesor.
—¡Maldita loca! ¡Hija de...!
El grito de Yu-na fue interrumpido cuando Arin la arrastró hacia el exterior. Con tono alegre, le recordé al profesor el tema del día para que retomara la sesión.
—Profesor, hoy nos corresponde empezar desde la página 103.
En ese instante, creí que mis problemas habían terminado.
***
En el centro del grupo que rodeaba la entrada del instituto estaba Min-jun, sentado en su motocicleta con las piernas cruzadas. Debido a la orden de reunión que dio tras el incidente con Arin y Yu-na, todos los grupos de la Escuela Comercial Sung-woon estaban presentes, creando una atmósfera sumamente amenazante.
Las dos chicas se acercaron con pasos vacilantes. Querían huir de inmediato, pero estaban rodeadas y no tenían escapatoria.
—¿Por qué huyeron ayer como si nada? Les advertí que esperaran —dijo Min-jun.
—Es que...
—Bien, pasaré por alto que fingieras ser mi esposa. Pero, ¿por qué me besaste sin permiso?
—...
—Soy la persona que más detesta a las mujeres en este mundo. Así que dime, maldita sea, ¿quién te crees que eres?
Arin sintió que el corazón se le desplomaba. Estaba convencida de que aquel tipo estaba realmente furioso y que la única razón por la que no la golpeaba era porque era mujer. En ese momento, Yu-bin, que saboreaba una paleta a su lado, comentó con una sonrisa traviesa:
—Su rostro es muy peculiar. Sus expresiones cambian a cada segundo, como las de Majin Boo.
Al ver a Yu-bin imitando sus gestos, Arin se mordió los labios con fuerza. Yu-na, a su lado, estaba igual de aterrorizada. Entonces, Min-jun extendió la mano en silencio. Arin, sin entender el gesto, colocó su mano sobre la de él, pero Min-jun la apartó con evidente fastidio.
—¿Qué haces, estúpida? Dame el teléfono.
Era obvio que pretendía usarla como su recadera. Tras dudar un instante, Arin recordó el teléfono que había encontrado días atrás en el bote de basura de la habitación de su hermano. No sabía por qué estaba allí, pero pensó que sería mejor entregar ese aparato antes que revelar su propio número.
Sin embargo, al recibir el teléfono, la expresión de Min-jun se endureció. Era difícil de asimilar: aquel era el dispositivo que él había perdido. Pronto, una sonrisa gélida curvó sus labios. Le preguntó a Arin con una calma inquietante:
—Dime, ¿de dónde sacaste este teléfono?
—¿Eh?
—Este es el que yo perdí. ¿Por qué lo tienes tú?
Las palabras de Min-jun la dejaron atónita; el desconcierto se extendió entre los presentes que observaban la escena. Arin respondió con la verdad:
—Lo encontré... en mi casa.
En cuanto escuchó aquello, un brillo intenso y peligroso cruzó la mirada de Min-jun.
—¿Cómo es que encuentras mi teléfono en tu casa? Por casualidad, ¿tienes algún hermano?
—¿Eh? Ah... un hermano gemelo.
—¿A qué escuela asiste?
—A esta. Está en mi misma clase.
Min-jun murmuró con una voz sombría, pero que extrañamente denotaba alegría:
—Te encontré.
***
Claramente, el asunto debería haberse resuelto por su cuenta, pero no lograba librarme de una persistente inquietud. Hacía girar un bolígrafo entre mis dedos para combatir el aburrimiento cuando escuché el sonido de la puerta abriéndose. Supuse que era Arin regresando y no le di mayor importancia.
Sin embargo, en ese instante, el salón se llenó de suspiros y exclamaciones. Al levantar la vista, me topé con un chico que vestía un uniforme distinto. Tenía la estatura y el porte de un modelo, con una belleza escultural digna de un actor de cine.
Pero, por alguna razón, me resultaba familiar. ¿Dónde había visto antes ese uniforme? En el momento en que lo recordé, la mirada del chico, cargada de una hostilidad palpable, se clavó directamente en mí. Se acercó con paso firme y habló con voz gélida:
—¿Te divertiste jugando a las escondidas?
En ese segundo comprendí que todo se había arruinado. Moví los dedos en un gesto instintivo para pedirle que se calmara.
—¡Ugh! Sé por qué estás enojado. Sí, lo entiendo perfectamente.
—...
—Primero que nada, lo lamento. Te pido disculpas de verdad.
—¿Ya terminaste con tus excusas? Maldita sea.
—Ja, jaja...
¡Rayos! ¿Cómo se complicó tanto la situación? Según la historia original, este tipo debería estar obsesionado con Baek Arin. ¡¿Por qué ha venido a buscarme a mí?! Incapaz de procesarlo, le pregunté:
—Pero, ¿cómo supiste que era yo?
—La chica que se propasó conmigo ayer lo tenía. Mi teléfono.
La explicación fue suficiente para que todo encajara. ¡Tonta Arin! ¡¿Por qué recogiste el teléfono que yo había tirado?! Pero no tenía tiempo para lamentaciones. Los pasos de Kang Min-jun eran cada vez más cercanos.
¿Por qué este tipo ignora a Arin y viene por mí? ¡Tú no eres así!
El profesor de Ética, ajeno a la gravedad del asunto, intervino:
—Joven, aunque sea de otra escuela, yo soy el profesor y estoy aquí. Esa actitud no es correcta, ¿no cree?
Min-jun respondió con una cortesía afilada:
—Solo me llevaré al culpable y me iré.
En cuanto terminó de hablar, empujé la silla y me puse en pie. Min-jun se lanzó tras de mí, pero yo fui más rápido: sujeté el marco de la ventana abierta y me arrojé hacia afuera sin pensarlo dos veces.